Tres aplicaciones que trabajan juntas: la vidriera que toma los pedidos, el tablero que los produce y los cobra, y la calculadora que asegura que cada uno deje plata. Andan en el celular, no hay nada que instalar y son tuyas.
Un negocio gastronómico chico pierde plata en cinco lugares al mismo tiempo, y ninguno de los cinco aparece en una planilla.
Veinte chats abiertos, precios que se dictan de memoria, “¿era de 20 o de 24?”. Cada aclaración es otro mensaje y otra chance de equivocarse.
Nadie sabe con certeza qué hay que cocinar mañana sin releer la agenda entera. Y si el cuaderno quedó en el local, no hay sistema.
Sube la harina, sube el dulce de leche, y la lista sigue igual tres meses. Se vende mucho de lo que menos deja.
Lo cobrado y lo prometido se mezclan. A fin de mes nadie sabe cuánto falta cobrar ni de qué pedidos.
Se sabe cuánto entró, nunca cuánto salió. La ganancia real del mes es una sensación, no un número.
Del chat a la agenda, de la agenda a la planilla, de la planilla al resumen. Cada copia es media hora y un error posible.
No son tres programas sueltos que hay que conectar a mano: son tres momentos del mismo pedido. Lo que se carga en uno aparece en el otro.
Lo mira el cliente. Vidriera pública con fotos, precios y fechas. El cliente arma el pedido completo y lo confirma solo, sin preguntar nada.
Lo usa el negocio. Tablero, calendario, producción de la semana, plata por cobrar, gastos, clientes y estadísticas. Pensado para el celular.
Lo usa el dueño. Recetas, costo real por producto, margen y precio sugerido. Es donde se decide a cuánto se vende y por qué — y desde donde el precio sale a la vidriera.
Los números son los del sistema que ya está funcionando en una pastelería de Villa María. En tu negocio cambian los productos y las recetas; la maquinaria es la misma.
El catálogo es público y está en el aire: entrá a clemsdelicatessen.com.ar, armá un pedido y fijate hasta dónde llega antes de mandar el mensaje. Las pantallas internas de esta presentación son las de verdad; lo único cambiado son los nombres y los montos.
“Lo anotaba todo en notas: la fecha, el producto, el nombre de la persona, todo a mano. Se me pasaban pedidos, o me olvidaba de que tenía que entregar una torta. Ahora todas las noches chequeo las tareas del día siguiente y de la semana.”
Una vidriera con fotos, precios y opciones reales, donde el cliente arma el pedido solo. En vez de un mensaje suelto, llega un pedido completo: qué, cuánto, para qué día y con qué aclaración.
Qué problema resuelve: el ida y vuelta. El cliente ya no pregunta el precio, ni el tamaño, ni si hay para el sábado: lo ve, lo elige y lo confirma. La pastelería recibe el pedido armado y con la fecha ya validada.
El catálogo funcionando hoy, con productos y precios reales. Está diseñado para el celular primero: ahí es donde compra casi todo el mundo.
Buscador en vivo por nombre y descripción, más filtros por categoría (Tortas / Boxes / Individuales). Hoy son 25 productos con 58 combinaciones de precio.
“budin” encuentra “Budín” y “cumpleanos” encuentra “Cumpleaños”. En el celular casi nadie pone tildes, y antes esas búsquedas no devolvían nada.
Carrusel de fotos con puntos y flechas, deslizable con el dedo. Cada producto muestra todas sus fotos, no una sola.
Varios productos, varias medidas del mismo producto en una sola pasada, cantidades editables renglón por renglón y total siempre a la vista.
En los productos con varias medidas, tocar la fila entera suma una unidad. Antes había que apuntarle a un + de 26 px entre varios renglones: la gente tocaba la fila esperando que pasara algo, y ahora pasa.
Torta decorada (bizcochuelo + dos rellenos), boxes donde se eligen las variedades unidad por unidad, cajas que se cobran por pieza y variantes de relleno. Todo con su precio calculado en el momento.
Calendario propio con la anticipación mínima ya aplicada, un tope de un mes hacia adelante y los días que la pastelería no elabora tachados y sin poder elegirse.
Si la entrega es lejana y el pedido supera un monto, el catálogo avisa el porcentaje de seña y el monto exacto antes de confirmar. El cliente ya lo sabe cuando escribe.
Un máximo de unidades por producto corta los pedidos de broma (“100 brownies”) que antes había que descartar a mano.
Al confirmar, el pedido se guarda en la base de datos y se abre WhatsApp con el mensaje ya escrito. Si el cliente no manda el mensaje, el pedido igual quedó registrado.
Cada pedido dispara un mail al correo del negocio. El envío es aparte del pedido: si el mail falla, el pedido igual entra.
En el celular nadie busca la X: se sale deslizando o con el botón atrás del teléfono. Cada panel se cierra así, sin sacar a la persona del catálogo.
Miniaturas propias en dos resoluciones, formato WebP con respaldo JPG, fuentes servidas desde el propio sitio y las primeras fotos adelantadas. Abre en menos de dos segundos en un celular con datos.
Se publica como sitio estático en el dominio del negocio. Sin plugins, sin plataforma de terceros que cobre comisión por venta.
Colores, tipografía, logo y tono del texto son los del negocio, no los de una plantilla de tienda online.
Es el centro de operaciones. Los pedidos entran, se producen, se entregan y se cobran sin salir de acá. Seis secciones de la misma información, cada una para un momento distinto del día.
Qué problema resuelve: saber en qué estado está cada pedido sin preguntarle a nadie, y saber a fin de mes cuánto se facturó, cuánto se gastó, cuánto falta cobrar y qué se vendió más — sin armar una sola planilla.
El tablero real, usado desde la compu y desde el celular. Los nombres, los montos y los pedidos de todas estas pantallas son inventados.
Cuatro columnas: por hacer, en proceso, listo para entregar y entregado. Se arrastra la tarjeta en la computadora o se mueve con botones en el celular. Las columnas se pliegan y el sistema recuerda cuáles quedaron cerradas.
Con encargos a dos o tres meses, el tablero se llena de cosas que todavía no se tocan. El horizonte filtra por “hasta cuándo”, y lo atrasado entra siempre, en los tres modos: esconder un vencido sería el peor error que puede cometer esta pantalla.
Con texto en el buscador se ignoran el horizonte y los filtros, y las columnas plegadas se abren solas. Un buscador que esconde lo que encontró no sirve. Y las búsquedas ignoran los acentos: “sofia” encuentra a “Sofía”.
La fecha se muestra siempre igual (“Mar 25/08”) y la urgencia la dice el color de la tarjeta. De un vistazo se ve qué se entrega hoy y qué está atrasado.
Fijo a la izquierda en la computadora, cajón deslizante en el celular. Ocho secciones no entraban en una barra de pestañas sin deslizar hasta el final.
Para cocinar de noche sin que la pantalla encandile. El tema se elige a mano o lo toma del teléfono, y se aplica antes de dibujar nada: no hay flash blanco al abrir.
El oscuro no es el claro invertido: los colores se aclaran y se desaturan para que el código de color de los estados siga siendo el mismo.
Dos vistas de lo mismo: la semana para trabajar y el mes para ver cómo viene. Los dos salen solos de los pedidos cargados.
La semana de lunes a domingo, con lo entregado tachado. Es la lista de producción real, sin escribir nada.
En la computadora se ven los nombres; en el celular, puntitos de color por tipo de pedido. El nombre de una clienta no entra en una celda de 48 px.
Cada día con sus pedidos. Se cambia de mes deslizando el dedo, se toca un día para ver el detalle y se crea un pedido directo sobre esa fecha.
Un día franco o una semana de vacaciones se marcan desde acá, y el catálogo deja de ofrecer esas fechas al instante. Un solo lugar donde decirlo.
Cada renglón con su cantidad, su sabor y su aclaración (“sin nueces”). El total se calcula solo con los precios del catálogo y se puede pisar a mano cuando hace falta.
Los pedidos del catálogo llegan acá con un contador de nuevos. Se aceptan y pasan al tablero con todo cargado, o se descartan: un mensaje de WhatsApp no es una venta confirmada hasta que alguien lo dice.
Dos solapas que antes eran dos planillas y una libreta: todo lo que hay por cobrar, y todo lo que se gastó para producirlo.
Datos inventados. Tres listas: lo entregado y sin cobrar (del más viejo, con los días de atraso), las señas acordadas que no entraron y los saldos de lo que falta entregar.
Lo acordado y lo que realmente entró son dos cosas distintas y se ven distinto. Solo la plata cobrada suma en las estadísticas y en el saldo. Un botón pasa de pactada a cobrada, y también lo deshace.
La lista de entregados sin cobrar viene ordenada del más viejo al más nuevo, con los días de atraso al lado. Es la llamada que hay que hacer hoy.
Falta cobrar, entregado y sin cobrar, señas prometidas y —el único que mira la deuda al revés— plata que ya entró de pedidos todavía sin entregar.
Datos inventados. Lo que entra y lo que sale se miran juntos, porque separados no dicen nada.
Fecha, categoría, en qué y cuánto. Seis categorías fijas (mercadería, packaging, servicios, delivery, herramientas y otros) para que el resumen por rubro signifique algo.
Lo entregado y facturado menos los gastos del mismo período. No descuenta lo que todavía falta cobrar: para eso está el indicador de al lado.
Se puede mirar el mes pasado en gastos sin mover el período de las estadísticas. Y se ve la lista completa del período, no un recorte: es donde se corrige lo que se cargó mal.
Los clientes no se cargan: salen solos de los pedidos. Todo el que alguna vez compró ya está ahí, con su teléfono, su Instagram y su historial.
Datos inventados. Se ordena por quién más gastó, quién compró más veces, quién debe plata o quién hace más que no vuelve.
No hay una tabla de clientes que mantener. Se agrupan los pedidos por nombre y el teléfono e Instagram salen del último pedido que los tenga. No hubo que migrar nada.
Escribiendo dos letras en el campo Cliente aparecen los que ya compraron, ordenados por compra más reciente. Al elegir uno se completan teléfono e Instagram, y solo lo que estaba vacío: lo que ya escribiste gana.
Un orden muestra a quién hace más que no compra. Es la lista de a quién escribirle esta semana, y antes no existía en ningún lado.
Seis textos listos —confirmar, pedir la seña, recordar, avisar que está listo, cobrar el saldo y agradecer— con los datos del pedido ya puestos. Se abre el chat con el mensaje adentro.
Entregado con saldo → cobrar. Entregado y pago → agradecer. Listo → avisar. Con seña pactada sin cobrar → pedirla. Es lo que ibas a escribir igual.
Cada negocio escribe distinto. Las plantillas se editan y quedan guardadas en la nube, no en un aparato: sirven igual desde el celular y desde la compu.
Hay clientas que piden todo por mensaje directo y nunca dejan el teléfono. Se pide al menos uno de los dos, y la tarjeta muestra un botón por cada contacto que haya.
Borrar un pedido lo manda a la papelera y se puede restaurar. El borrado definitivo es un paso aparte y explícito.
Lo que se cambia en el celular aparece en la computadora sin recargar. Si se corta internet, el tablero sigue mostrando la última copia guardada y avisa que los cambios no se van a guardar.
La planilla de fin de mes deja de existir. Los números salen de los pedidos que ya se cargaron para trabajar.
Datos inventados. Cinco indicadores comparados contra el período anterior, la evolución de la facturación y tres rankings.
Un gráfico de línea con área, dibujado a medida. Doce semanas o seis meses, con solo dos valores escritos (el último y el máximo) y el resto se lee pasando el dedo. Abajo, el botón “Ver los números”: un gráfico nunca puede ser la única forma de leer un dato.
La torta decorada factura mucho y se vende poco; las cookies al revés. Con una sola vista siempre falta la otra, así que están las dos.
Cuántos días antes encarga la gente, en promedio y por tramos. Sirve para decidir hasta cuándo se toma un pedido y cuándo conviene empujar por redes.
Si el período anterior tuvo menos de cinco entregas, en vez de un “▲ 400 %” el indicador dice cuántas entregas hubo. Un porcentaje inventado es peor que ningún porcentaje.
Ya no es solo lo entregado: se filtra por período, por estado y por cobro, el buscador también mira el producto y el detalle, y arriba va el resumen de lo que quedó filtrado.
Todo el historial se baja como archivo para abrir en Excel cuando lo pide el contador. Los datos son del negocio.
La fuente de verdad de cuánto cuesta hacer cada cosa y de cuánto se cobra. Se cargan los insumos con lo que se paga por envase, se arma la receta de cada producto, y el sistema dice el margen real y a cuánto habría que venderlo. El precio que sale de acá es el que va a la vidriera.
Qué problema resuelve: vender a ciegas. Sin esto, el precio se define “por lo que cobra la competencia” y nadie sabe cuáles son los productos que en realidad están perdiendo plata.
Costos y precios inventados. El panel no muestra todo: muestra lo que hay que mirar hoy.
No “precio por kilo”: lo que se paga y cuánto trae. Huevos, el maple de 30. Cereza, el balde de 3.600 g. Azúcar mascabo, los 800 g. Asumir que todo va por kilo infla los costos y da márgenes negativos.
Gramos o unidades de cada ingrediente, cuánto rinde la tanda y cuántas unidades entran en una venta. De ahí sale el costo real de cada cosa.
Ingredientes ÷ rinde × unidades, más amortización (4,2 %) y energía y merma (10 %), más packaging, más gastos fijos (8 %) sobre todo lo anterior. Los 41 productos dan el mismo número que el Excel del que salieron.
Margen en porcentaje y ganancia en pesos, con semáforo: verde desde la meta, ámbar hasta diez puntos por debajo, rojo el resto.
El panel marca solo lo que hay que mirar: productos sin receta cargada, los que pierden plata y los que están por debajo de la meta — empezando por los que están más lejos.
La masa base y la masa sablée entran como preparación: no se venden, así que quedan fuera del ranking y del margen promedio, pero costean igual.
Las dos tablas se corrigen celda por celda, con alta abajo y borrado que avisa en cuántas recetas se usa el insumo antes de sacarlo.
Toda la información se baja como archivo y se vuelve a cargar en otra computadora. Los datos son del negocio, no quedan atrapados en ningún lado.
Costos y precios inventados. Cada producto con su costo, su precio, lo que deja y a cuánto habría que venderlo para llegar a la meta.
Es la pregunta cara del negocio, y la que casi nadie contesta con números. Acá el aumento se anota, se ve qué le hace a cada producto, y recién si estás de acuerdo se aplica. El precio de venta no se mueve nunca solo.
Qué problema resuelve: el aumento que se come el margen sin que nadie se entere. Sube un insumo, sube el costo de doce productos, y los precios quedan como estaban hasta que a fin de mes la cuenta no da.
Costos inventados. Cuatro insumos anotados. Abajo, lo que pasaría si se aplicaran: los costos suben 4,6 %, el margen promedio baja de 52,2 % a 50,1 % y cuatro productos dejan de llegar a la meta. Todavía no cambió nada.
Los precios nuevos de los insumos quedan anotados en ámbar y no tocan ninguna receta. Todo sigue costando lo de antes hasta que apretás Aplicar. Se puede cargar el aumento el lunes y decidir el jueves.
Cuánto suben los costos, qué margen promedio queda, cuántos productos caen abajo de la meta y cuáles son. El resultado se ve antes de tocar nada, no después.
Cuando aumenta todo junto se anota un porcentaje a todos los insumos de una vez y después se corrigen a mano los que se movieron distinto. Tampoco se aplica hasta que lo aprobás.
Qué valía cada insumo antes de cada aumento, con la fecha y una nota de dónde salió. Cuánto subió la manteca en el año deja de ser una sensación: está escrito.
El precio de venta vive en un solo lugar y el catálogo y el gestor de pedidos lo leen solos. Se terminó cambiarlo en tres lados y que uno quede viejo.
Cuando sube el costo, el sistema marca qué precios quedaron viejos y pone al lado el sugerido: el precio al que habría que venderlo para llegar al margen que elegiste, redondeado a una cifra vendible. Lo ponés, escribís otro o lo dejás como está. Decidís vos, siempre.
Publicar cambia la vidriera. Antes de hacerlo aparece un cartel con cada precio: lo que se ve hoy y lo que se va a ver. Para seguir hay que apretar “Sí, cambiar lo que ve el cliente”.
Los costos se guardan en el propio aparato. Sin conexión se trabaja igual con la última copia de los precios, y la pantalla lo avisa en vez de mostrar números viejos como si fueran de hoy.
Costos y precios inventados. Cada cosa que se vende con lo que cuesta al lado. Arriba, los tres precios que quedaron viejos porque subió el costo, con el sugerido y los botones para resolverlo en el momento.
Precios inventados. El último paso. Cambiar un precio acá es cambiar la vidriera, así que el sistema lo dice con todas las letras y muestra, precio por precio, qué va a ver el cliente.
Las tres apps no son tres programas sueltos: son tres momentos del mismo pedido. Nadie vuelve a copiar un dato de una pantalla a otra.
La receta y el costo de los insumos dan el margen. De ahí sale el precio y, con un botón, viaja solo a la vidriera y al gestor. Ningún precio nace de la intuición ni se copia a mano.
Elige productos, medidas y sabores, y una fecha que el sistema ya validó contra la anticipación mínima y los días bloqueados.
Se guarda en la base, dispara un mail de aviso y abre WhatsApp con el mensaje ya escrito. Tres caminos, un solo toque del cliente.
Aparece en la bandeja. Al aceptarlo entra al tablero con sus productos, su total y su seña pactada, y aparece en la semana de producción.
Se marca entregado y se cobra el saldo. Esa venta ya está adentro de la facturación del mes, del ranking de productos y de la ficha de esa clienta.
Del gestor de costos a la vidriera el precio viaja con un botón, pero con una revisión humana en el medio, a propósito: un precio de venta no debería cambiarse solo porque subió una bolsa de harina. El sistema calcula el número y avisa qué va a ver el cliente; la decisión sigue siendo del dueño.
No “digitalizar por digitalizar”. Seis cosas que hoy se hacen a mano, o directamente no se hacen, y pasan a estar resueltas.
Sabés cuánto deja cada producto y cuáles están perdiendo plata, con avisos cuando el margen se cae. El precio sugerido te dice a cuánto tendrías que venderlo.
El cliente ve el precio publicado, el sistema arma el total y el gestor calcula el pedido con los mismos números. No hay un solo momento donde alguien tenga que acordarse de cuánto salía.
Ningún pedido queda en un chat sin leer: entra a una bandeja, pasa por un estado y se cierra cuando se entrega y se cobra. Las señas se llevan aparte, entre lo pactado y lo cobrado.
Con los gastos anotados, la ganancia del mes deja de ser una sensación. Facturado, gastado, lo que queda y en qué se va, en una sola pantalla.
Se elimina el ida y vuelta por precios, la lista de producción a mano, el resumen mensual en planilla, el paso de pedidos de WhatsApp a la agenda y el mensaje de cobro escrito de cero cada vez.
El código, la información y el dominio son del negocio. Exportable en cualquier momento, sin cuenta que se pueda cerrar y sin plataforma que se quede con un porcentaje.
Comparado con una tienda online enlatada o con seguir atendiendo por planilla y WhatsApp.
Se abre con un link o con doble clic. Sin instalación, sin actualizaciones que aprobar, sin un servidor de aplicaciones que mantener.
Vendas cien mil o diez millones en el mes, el sistema cuesta lo mismo. Ninguna plataforma se queda con un porcentaje de cada torta que vendés.
El gestor guarda una copia local y sigue mostrando el tablero sin internet; la app de costos funciona entera sin conexión.
El acceso al gestor es con usuario y contraseña, y la base tiene reglas que impiden leer o tocar los pedidos sin haber iniciado sesión.
Anticipación mínima, días que no se elabora, señas, boxes armables, precio por pieza, rinde de una tanda. Nada de esto existe en un sistema genérico.
“Plata por cobrar”, “Ya lo tienen y no lo pagaron”, “Qué se vende”. No hay un solo “dashboard”, “KPI” ni “item” en toda la aplicación.
| Este sistema | Tienda online enlatada | Planilla + WhatsApp | |
|---|---|---|---|
| Comisión por venta | Nunca | Un % de cada venta | No |
| Crece con tu facturación | No, precio fijo | Sí, pagás más | No |
| Se adapta a tu forma de trabajar | Total | Lo que traiga | A pulmón |
| Producción de la semana | Automática | No existe | A mano |
| Control de márgenes | Incluido | No existe | A mano |
| Gastos y ganancia neta | Incluido | No existe | A mano |
| Seguimiento de señas | Pactada y cobrada | No existe | De memoria |
| Mensajes de cobro y aviso | Ya escritos | No existe | Uno por uno |
| Los datos son tuyos | Sí, exportables | De la plataforma | Sí |
| Funciona sin señal | Parcial | No | No |
Martes a la noche. Una clienta quiere una torta para el sábado y unos individuales. Así se ve desde los dos lados.
Filtra por “Tortas”, ve las fotos de la Torta Oreo, elige el tamaño de 24 cm y agrega una unidad. El precio ya está a la vista: no pregunta nada.
Abre Postres Individuales y arma seis unidades combinando lemon pie, cheesecake y brownie. El total del carrito se actualiza en cada toque.
Abre el calendario: hoy está bloqueado por la anticipación mínima y hay dos días tachados porque la pastelería no elabora. Elige el sábado. Como falta más de una semana y el pedido supera el mínimo, aparece el aviso de la seña con el monto exacto.
Escribe su nombre y su teléfono y toca confirmar. El pedido queda registrado en la base, sale un mail al correo de la pastelería y se abre WhatsApp con el mensaje ya armado: productos, cantidades, fecha, total y seña.
La sección “Pedidos web” tiene un contador en 1. Ve el pedido completo y toca “Aceptar”: pasa al tablero, a la columna “Por hacer”, con la seña pactada ya anotada y todavía sin cobrar.
Toca “Mensaje” en la tarjeta. El sistema le ofrece primero “Pedir la seña”, porque es lo que corresponde a este pedido, con el nombre, los productos, la fecha y el monto ya puestos. Revisa y manda.
La clienta transfiere. Un botón pasa la seña de pactada a cobrada y la tarjeta ahora muestra el saldo que falta.
La vista Semana ya juntó ese pedido con todos los demás, día por día, con hora de entrega y aclaraciones. Lo entregado aparece tachado.
Vuelve del proveedor y carga el gasto en diez segundos: fecha, mercadería, en qué y cuánto. A fin de mes ese número ya está adentro de la ganancia neta.
La tarjeta se mueve a “Entregado” y se cobra el saldo con un toque. El pedido queda cerrado y sale de la lista de plata por cobrar.
Facturación del mes contra el anterior, ticket promedio, gastos, ganancia neta, lo que falta cobrar y qué se vendió más. En la app de costos se revisa si esos productos siguen dejando el margen esperado. Ninguna planilla de por medio.
Media hora de charla y te digo, sin vueltas, qué parte de tu negocio resuelve esto y qué parte no.
No hace falta entender esto para usarlo, pero sí para saber qué se está comprando y qué pasa el día que quieras cambiar de manos.
PostgreSQL sobre Supabase, con respaldos automáticos. 13 tablas y 16 reglas de acceso que impiden leer o escribir un pedido sin sesión iniciada. El catálogo público puede crear un pedido, pero no puede ver los que ya existen.
El gestor de pedidos y el de costos entran con la misma cuenta. La sesión se puede dejar abierta en un dispositivo o cerrarse al salir de la pestaña, según lo que se elija al entrar.
Los colores de los dos temas pasan por un chequeo automático de contraste que verifica 22 pares en claro y en oscuro. Los gráficos usan un solo color de serie, elegido porque se distingue también con daltonismo.
Es el aparato principal, y se diseñó para eso: campos de 44 px de alto, tipografía de 16 px para que el teléfono no haga zoom solo, el zoom por doble toque desactivado y el de dos dedos intacto, que es accesibilidad.
La base tiene respaldo automático, el historial se exporta a CSV cuando quieras y cada versión publicada se puede revertir. Borrar un pedido es borrado blando: va a la papelera antes de desaparecer.
El catálogo se sirve desde Cloudflare, con el dominio del negocio y certificado incluido. Sin servidor propio que administrar ni que se caiga un domingo.
Es la primera pregunta que hace alguien que ya se quemó con un proveedor. La respuesta corta: tuyo. La larga, acá.
Con tu mail y tu tarjeta, desde el primer día. Yo lo configuro, pero la titularidad es tuya y no pasa por mí. Es lo único que no se puede recuperar si queda a nombre de otro.
La base de datos y el hosting van en cuentas tuyas, con tu correo. Yo entro como colaborador para trabajar. El día que no quieras más, me sacás vos, sin pedirme permiso ni esperar que te conteste.
El código fuente completo, la base entera y el historial en CSV. Sin cláusula de permanencia y sin multa. No hay nada que quede “atado” a mí: cualquier programador puede seguir desde donde quedó.
Es la pregunta que nadie hace y todos piensan. Está todo escrito: cada decisión, cada trampa conocida y cómo se publica cada app. El que agarre después no arranca de cero.
La base se respalda sola, todos los días, del lado del proveedor. Además podés bajarte una copia cuando quieras desde la propia app.
Lo que dice esta presentación es lo que se entrega. Los desarrollos que se salgan de acá se cotizan antes, con el precio cerrado. Nunca vas a recibir una factura que no esperabas.
Una puesta en marcha y un abono mensual. Sin comisiones por venta, sin contrato de permanencia y sin sorpresas. Se puede arrancar por una parte y sumar el resto después, pagando sólo la diferencia.
Sólo el catálogo web. Para el que hoy vende bien pero pierde el día contestando precios por mensaje.
El catálogo y el gestor de pedidos, enlazados. Vender, producir, cobrar y medir. Es el sistema andando.
Las tres apps. Suma el costeo: saber cuánto deja cada producto y a cuánto habría que venderlo.
Y se puede dividir en hasta dos pagos: uno para arrancar y el otro cuando el sistema queda funcionando. Incluye la carga inicial de tus productos y recetas, tu identidad visual, la publicación en tu dominio, la capacitación y el primer mes de acompañamiento.
Cubre los cambios y ajustes que vayas necesitando, los productos y precios nuevos, la corrección de cualquier problema con prioridad, el respaldo de toda tu información, las mejoras nuevas del sistema sin costo extra y las consultas por WhatsApp de lunes a sábado. Se da de baja cuando quieras: el sistema y tus datos siguen siendo tuyos.
Sí, y es lo más común. Se paga la diferencia entre lo que tenías y lo que sumás, no de nuevo desde cero.
Los desarrollos nuevos que se salgan de lo previsto se cotizan aparte, siempre con el precio cerrado de antemano. Nunca vas a recibir una factura sorpresa.
De dos a tres semanas la vidriera sola; de tres a cinco el sistema completo, según cuántos productos y recetas haya que cargar.
Los valores se actualizan cada seis meses. El precio que se acuerde al firmar queda fijo hasta la siguiente actualización.
El sistema ya está funcionando en producción, todos los días, en una pastelería de Villa María. Lo que ves acá se ajusta a tus productos, tus tiempos de elaboración, tus formas de cobro y tu identidad visual. Empezamos por una reunión de media hora para ver cómo trabajás hoy.
“Tenés que probarlo. Vas a ver lo práctico que es y cómo te resuelve muchos problemas, todo en un solo lugar.”